Lunes, 04 Noviembre 2019 19:40

El caso argentino: el desastre de la democracia

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Ha llamado la atención a propios y extraños la experiencia de la Argentina. Luego de ser el único país latinoamericano que llegó a desarrollarse plenamente en los aspectos económico y político -si por desarrollo económico se entiende figurar entre los 8 países más ricos del planeta y políticamente por gozar de una envidiable estabilidad política institucional, que se mide por el dato de que desde 1860 hasta 1930 ningún presidente violó el plazo constitucional mediante lo que se ha dado en llamar golpe de estado-, hoy en día sin embargo es un país que en la práctica en términos económicos está en los mismos niveles de países africanos, con el agravante de que vive en permanente estado de zozobra institucional en términos políticos y en casi en todos los órdenes.

Esto es así y no está prohibido decir que la Argentina hoy en día no tiene una buena justicia, la situación política está crispada y es difícil sostener que un presidente va a terminar bien su mandato constitucional y una serie más de anormalidades institucionales que también comprometen una degradación moral continua de la población que se mide por el nivel de corrupción pública y privada. Esta descomposición es gravísima pues la Argentina se ha convertido en un país mendicante porque ya no se puede sostener la función pública democrática con los impuestos recaudados, que son altísimos y muchísimos, y su gobierno de turno debe andar mendigando préstamos del FMI u gobiernos “amigos”, pues tiene fama de no pagador o mal pagador de deudas. Dicho sea de paso, el Paraguay lo sabe muy bien eso en el caso de Yacyretá. Lo lamentable de la crisis argentina se puede medir por el dato de que existen 22 millones de personas que viven de subsidios en ese país, siendo como 9 millones de personas lo que trabajan y producen. Esto es alarmante e insostenible. En Argentina, además, existe un “estado” de corrupción y no “meros actos de corrupciones casuales” en la función pública, con el agravante que la justicia no ha podido hacerle pagar su delito a casi ningún ladrón público especialmente, empezando por quienes ocuparon el cargo de presidentes que siempre han encontrado la forma de zafarse, como son los casos de Carlos Menem, que se abroquela bajo el cargo de la senaduría hasta el presente pese a una condena penal en su contra  o de la famosa e inefable Cristina Fernández Vda. de Kirchner, con infinidades de procesos penales por corrupción pero cuyos fueros parlamentarios lo ha convertido en intocable y más ahora que su partido volvió al poder, haciendo más ilusoria aún la posibilidad de ser condenada.

Por tanto, el caso de la Argentina es sintomático. Un caso que fue “un milagro de la historia”, como diría Armando Ribas, en cuanto a modelo de desarrollo económico y político hoy está hundido en la ciénaga de la pobreza económica, la inestabilidad institucional y una degradación moral sin frenos, debe ser objeto de análisis y estudios serios porque del mismo deben ser extraídas lecciones para no llegar nunca a una situación similar. Dándole la vuelta a la frase de Ribas podríamos decir de la Argentina del presente que es un “anti-milagro de la historia”.

La reciente elección presidencial fue un claro testimonio de que el desastre se perpetua o está vigente en ese país, se va hundiendo más pues no es otro el sentido del hecho de que la población mediante la democracia le haya ungido por votación voluntaria nuevamente como gobernantes a las mismas personas que hace tan solo cuatro años atrás convirtieron su vida en un verdadero infierno. Algo muy mal debe pasar en una sociedad para que se produzcan fenómenos de esta naturaleza.
¿Por qué la Argentina llegó a esta situación?

Auge y declinación

El despegue económico y la estabilidad política en la Argentina fue el producto de marcos institucionales republicanos establecidos en la Constitución aprobada en 1853 que surgió de la sabiduría e ilustración de Juan B. Alberdi y que luego un puñado de hombres excepcionales como Juan Urquiza, Bartolomé Mitre, Nicolás Avellaneda, Domingo Sarmiento y unos pocos más lo llevaron a la práctica. ¿Qué hizo esta Constitución y que hicieron estos hombres? La Constitución sistematizada por Alberdi estableció como valores fundamentales que los principios esenciales comienzan por los derechos individuales y que la persecución del interés personal no es contraria al interés general; consagró la propiedad privada como un valor fundamental, inviolable. Y que el estado solo está para darle seguridad a la vida, la integridad física y la libertad de las personas. Estos hombres creyeron en eso o estaban preparados para su aplicación, y así lo hicieron. Esta relación de coincidencia entre uno y otro generó una explosión de trabajos, inversiones, innovaciones y creaciones de todo tipo que en poco tiempo, a partir de 1860, convirtió a la Argentina en el país más rico de América Latina y de casi el mundo entero, solo superado por Estados Unidos de América y de unos pocos más.

Sistema político eficiente

Ahora bien, ¿cómo era ese sistema político que produjo el milagro en la Argentina? Regía un sistema caracterizado por una república en su más amplio sentido, pero la democracia no era popular, es decir no todos los habitantes tenían el derecho al voto. Solo los propietarios varones y unos pocos más. De ahí que algunos disidentes en la historia argentina denominen a ese sistema como república “oligárquica”, pero en honor a la sensatez corresponde denominarlo una “república aristocrática” porque al final de cuentas quienes tenía interés en el país nunca pretendieron recurrir al autoritarismo ni a la demagogia en su sentido aristotélico, pues con seguridad sabían del riesgo que implica tal cosa.

De esta forma funciona el sistema político a la perfección desde 1860 sin que nadie haya osado alguna vez romperlo rumbo a otro “sistema”.

Como la democracia no era popular, hacia 1913 se aprobó la famosa Ley Roque Sainz Peña que extendió el derecho del voto universal para todos los varones y desde ese mismo momento se produjo una suerte de mutación institucional del sistema. Entró en acción el enemigo natural de la democracia: la demagogia y la corrupción. Aristóteles fue el primero en clasificar a los sistemas políticos y estableció tres formas básicas: la monarquía, la república y la democracia. Todos pueden funcionar con cierta perfección si quienes están como gobernantes miran el bien de la comunidad y no su interés personal. Si ocurre lo contrario, entonces la monarquía degenera en tiranía, la república en una oligarquía y la democracia en demagogia. Esto trae el desastre en cualquiera de los casos. Va de suyo como remarcó el mismo estagirita que la democracia es enormemente corrompible por lo demagogia porque el demagogo le corrompe fácilmente al pueblo mediante promesas, y eso es más dramático aun cuando la población o gran parte no vive con un clima de ideas favorables a la república. Por eso el mismo Aristóteles decía que la democracia solo puede funcionar si hay una fuerte y mayoritaria clase media que siempre va defender la república en oposición a la democracia porque la primera tiene que ver con la propiedad y la segunda no, tal como lo apuntó también Hans Herman Hoppe que directamente sostiene con argumentos que la democracia es incompatible con la propiedad privada. En una sociedad donde no hay una clase media mayoritaria el demagogo solo le tiene que adular con las promesas del tipo que fuere al pueblo para encontrar caja de resonancia y respaldo para apoderarse del poder con fines personales o de grupos. Demagogia es una palabra griega que viene de “demos” pueblo y “gogia” juego o adulación. Tiene todos los ingredientes para invitar a cualquier charlatán de la política a jugar como el mesías.

Una vez consagrada la democracia popular en la Argentina de inmediato entró en acción la corrupción que llegó a denominarse como el “fraude patriótico” que era la forma de cómo los conservadores iban a enfrentar a la democracia popular, esto, por un lado. Por otro, entró en acción también la demagogia de la mano de políticos como Hipólito Yrigoyen que llegó a ser presidente dos veces de esa forma, ya con graves daños a la institucionalidad. Se demarcó del conservadurismo que hizo posible el extraordinario crecimiento económico en la Argentina y comenzó la era del intervencionismo estatal de tinte claramente socialista.

Para no extender demasiado este punto solo cabe señalar que con esa Ley de voto universal para varones y la entrada en acción de la mano de la democracia popular de gobernantes populistas, la Argentina dio inicio a su declinación. Demagogia y corrupción, una combinación letal.  Esta circunstancia se intentó remediar hacia 1930 con un remedio que fue peor que la enfermedad: la lucha armada en la política o el golpe de estado. Yrigoyen, del radicalismo, fue depuesto en su segunda presidencia por un golpe encabezado por fuerzas conservadoras y militares para designar como presidente al Gral. José F. Uriburu, pero ya la suerte de la destrucción del sistema político ideado en 1853 estaba echada y además se involucra por primera vez a las fuerzas armadas en la política asociadas con otros factores de poder como la Iglesia católica.

Desde 1930 la Argentina comenzó a vivir una paz política mentirosa que presagiaba tormentas para cualquier momento. Pero la gran acumulación de capital que hizo desde 1860 hasta entonces, hizo que la situación económica comenzara también una etapa de resistencia a su propia destrucción, que entró en acción de esa forma.

La década del 40 del siglo XX fue determinante para completar el círculo del factor destructivo tanto político como económico. Incluso se dieron hechos anecdóticos que fueron –parece mentira- coadyuvantes y fatales en el desencadenamiento de los hechos. Si bien desde el año 30 volvió el conservadurismo al poder en consenso con sectores opositores moderados, aquél no pudo mantenerse porque en un periodo de meses de 1943 desaparecieron al hilo los referentes políticos fundamentales de la política argentina de ese momento y que eran como el eje que estaba sosteniendo la situación. En efecto, entre enero de 1942 a julio de 1943 fallecieron Marcelo Torcuato de Alvear, cabeza visible del radicalismo ala conservadora, Roberto Marcelino Ortiz que era como el tercero en la discordia –aunque según apunta Mariano Grondona se entendía muy bien con los otros, pero la diabete lo fulminó pues no había aun insulina en ese tiempo- y Agustín P. Justo que era como el árbitro militar de la época. Pues la desaparición repentina de los tres referentes esenciales hizo que quedará un gran vacío de poder que permitió la irrupción de quien sería el artífice de la destrucción completa de la economía y la política de la Argentina mediante el arma más mortífera de la democracia, la demagogia en su más alta expresión: el coronel Juan D. Perón que acababa de volver de Italia adonde se fue a estudiar el fascismo musoliniano, que gozaba de su admiración. Pues, como se podrá tener en claro por azares del destino y porque no se hizo bien los deberes en el pasado, la Argentina desde ese entonces -1943, 1946 y 1955 segunda elección de Perón- se asestó el mortífero golpe a su economía mediante políticas populistas redistributivistas y otras de cortes socialistas que son todos males que hasta hoy no han podidos ser removidos de la matriz política de ese país y que por cierto ya ha permeado totalmente la capa mental y sicológica de la gran mayoría de sus habitantes

¿Qué se hizo mal durante el periodo de apogeo?

Todo desarrollo económico y social de un país debe necesariamente tratar de cumplir dos requisitos fundamentales: primero, combinar la acumulación del capital que solo se produce mediante el libre mercado, la especialización,  la competencia y la libertad más amplia posible con una suerte de consideración y atención de quienes siempre están en el fondo de la escala social en el punto de partida, como sin duda era la realidad de un país joven como la Argentina de 1860 para adelante, y segundo debe conservar y defender a como dé lugar el sistema político que estaba permitiendo el crecimiento económico. Ese sistema en la Argentina era la “república aristocrática”. La gran expansión y el crecimiento económico fenomenal del país fue la consecuencia de ese sistema y no de otra cosa, sin lugar a dudas. Al desaparecer esa generación dorada que creó la República,  quienes vinieron luego se olvidaron estando ya la Argentina rica que tenían sin embargo en su patio trasero una gran gleba, el “Riachuelo”, marginados, que aún no habían podido ascender en la escala social. Eran los clientes habituales de los populistas. En vez de contemplar mecanismos de defensa institucional de la republica aristocrática, varios gobernantes y referentes de los primeros años del siglo XX creyeron que ese problema lo iban a solucionar con la mutación del sistema político caracterizado por una democracia acotada o república aristocrática a una democracia popular que fue lo que ocurrió en 1913 con la Ley Sainz Peña. Pésimo remedio, por cierto. Destruyeron el sistema mediante más democracia; eso no fue solo un pecado sino una verdadera herejía institucional porque aparte de destruir el sistema, el conservadurismo por instinto de supervivencia comenzó lo que se llamó la era del “fraude patriótico” a fin de impedir la llegada al poder de los populistas. Claro, todo fue en vano, todo fue muy tarde, el daño ya estaba hecho. Al final recurrieron al peor remedio de toda buena política: las fuerzas armadas. Y ya se sabe desde que Telleyrand dejó dicho con genialidad: <con la bayoneta se puede hacer lo que se quiera menos sentarse encima>.

El resto es historia conocida. La Argentina fue arrojado desde 1913 o 1930 o 1943 de la mano de la democracia popular y otros errores al basurero de la historia luego de ser un verdadero milagro de la misma historia. Quedó como decía Hegel en sus “Lecciones de Filosofía de la Historia” en la antesala de la historia, porque como todo alumno travieso no hizo bien los deberes y a tiempo. Es la explicación del porqué gran parte de los argentinos volvieron a votar por sus verdugos.     

Visto 148 veces Modificado por última vez el Lunes, 04 Noviembre 2019 20:24
Mario R. Centurión

Columnista de Libertad y República