Jueves, 31 Octubre 2019 19:16

La envidia, el motor del socialismo; la competencia, el motor del liberalismo

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¿Cuál es la causa profunda del origen del socialismo, comunismo y otras ideologías parecidas? Se ha dicho que el comunismo, también el socialismo, es una ideología, en cambio el liberalismo es anti-ideología –según explica A. Benegas Lynch (h)- porque el primero es algo cerrado, completo, no admite prueba y error; en cambio el liberalismo está abierto a refutaciones permanentes, interminables. Es la base de la libertad; el socialismo no lo admite porque una vez aceptado o cuando le atrapa a uno o se nace en él, se cierra, por lo que es difícil buscar otro camino. En el liberalismo en cambio no hay palabras finales –nullius in verba-. Esta siempre abierto, se puede buscar otro camino y cometer errores propios incluso para luego volver al camino deshandado de la libertad si así uno lo elige. Desde ese punto de vista es abrumadoramente cierto que el socialismo o comunismo -uso como sinónimos aunque no lo son- sí es una ideología y el liberalismo, una anti-ideología.

Ahora bien, está probado que el socialismo existió desde el principio de la humanidad y no ha resultado claro hasta ahora cual es el fundamento o la explicación de su aparición entre los seres humanos -esta explicación tampoco lo pretende ser-, por eso el socialismo y populismo están vigentes. Tanto en la literatura corriente como la llamada científica, especialmente la adscripta al socialismo no hay un consenso acerca de su origen. El socialismo científico ha diseñado un complejo trama argumental para explicar el origen, la estructura y el funcionamiento del socialismo como algo sociológico e irrebatible. Se lo llamó precisamente “socialismo científico” en contraposición al “utópico” a partir de Carlos Marx, Edward Bernstein, Werner Sombart y ni qué decir de los llamados neomarxistas, quienes pretendieron demostrar mediante diferentes filosofías o teoremas sociológicos, económicos y políticas también, que el socialismo o comunismo es producto de la explotación de una clase sobre otra. En un acto de sobresinflicación conceptual su teoría se podría reducir al concepto del antagonismo proveniente de una supuesta lucha de clases (explotadores y explotados) como origen de la desigualdad y la injusticia, que nos remite a su vez a Hegel y su teoría de la explotación dialéctica.

No obstante, la pregunta es plenamente actual y vigente. ¿Cuál es el origen del socialismo, cómo surge o de donde surge esa manía del igualitarismo y amor enfermizo por una suerte de justicia que además no tiene nada que ver con la definición de Ulpiano de “dar a cada uno lo suyo” que para mí gusto debe ser “que a cada uno se le respete o tenga lo suyo”, tal como lo dejé explicado en mi libro “Miseria de la Justicia Paraguaya”?

Pues al parecer el socialismo y todo lo “ismos” parecidos tiene un origen mucho más prosaico y hasta simple. La inveterada acción y costumbre de la igualación entre los seres humanos ocultada además bajo diferentes formas como la igualdad, la justicia, y virtudes como la solidaridad y la benevolencia (mal entendidas), combate a la pobreza y varios otros lemas inventados últimamente bajo la estela de un mundo armonioso, de paz, equilibrio y de amor, es el producto de una poderosa energía muy humana y que es la fuente de una de las pasiones más letales que pueda existir: LA ENVIDIA.

No es la lucha de clases con su idea de explotación, la plusvalía, el amor por la igualdad sana entre los seres humanos, de una correcta justicia ni el respeto en su buen sentido por el otro, la causante de todos los problemas y conflictos entre los seres humanos en este mundo caracterizado por la escasez, sino simplemente es la envidia la que opera en la cúspide de las motivaciones de los seres humanos para desarrollar toda una artillería de acciones a fin de corregir o solucionar supuestamente todos esos problemas. En ese error no siempre voluntario, pues hay que asumir de partida que lo es, han generado más conflictos y dificultades tal como lo estamos viendo ahora por todas partes.

La envidia viene del latín “in video” y quiere decir “te miro adentro” con mala intención. Etimologicamente, tal como lo registra Mariano Grondona, el envidioso tiene “mal de ojo”, le tiene ojeriza al envidiado y por eso clava los alfileres de odio sin causa en la figura de trapo del envidiado con la intención de dañarlo. Esto ocurre en forma gratuita, pues el envidiado no le hizo daño alguno al envidioso. Nadie tiene culpa que Messi sea Messi, que Picasso haya sido Picasso, o que Mozart haya sido Mozart, que Bill Gates sea Bill Gates, nacieron así y se hicieron ellos; no le hicieron daño a nadie por el camino, pero eso sí generaron odio con sus genialidades. Cito estos ejemplos no porque sean los únicos, sino solo a modo didáctico. Cada uno podrá elegir en su entorno para su ejemplo porque siempre existen en todos los órdenes y ámbitos, y son plenamente válidos.

Es importante comparar la envidia con el resentimiento para una correcta comprensión de este concepto. El resentimiento tal como lo dejó dicho Max Scheller en su libro “El resentimiento en la moral y la costumbre”, es muy diferente a la envidia porque en el primero hay un causante del odio, alguien que infringió un daño real o imaginario a otro. El ejemplo del pensador alemán era el rey o feudal que sometía a los siervos, también a vasallos, a duras condiciones de trabajos y de contratos a los mismos. En este caso la causante del odio es evidente y se puede trocar en una especie de venganza demorada o imposible por la tremenda superioridad de quien causa el resentimiento o concretarse al final de cuentas la venganza en algo real. De pasó nomas vale señalar que Nietzsche creyó ver en el amor de los cristianos a Dios como una forma de resentimiento hacia los romanos en su momento por los daños que le infligieron. “Moral de esclavos”, la llamó. Pero Scheller refutó luego magistralmente a Nietzsche señalando que no hubo resentimiento en la conducta de los cristianos de aquella época que morían alabando a Dios mientras eran devorados por leones y que exaltaban valores contrarios a los que tenían sus dominadores, dado que el amor de ellos, y de los cristianos verdaderos, no va de “abajo hacia arriba” sino que el amor de Dios viene de “arriba hacia abajo”. Es la gracia o generosidad de Dios.

En la envidia no hay un agresor real o imaginado como en el resentimiento. El solo hecho de la existencia de un nivel superior en la personalidad de uno tal como la belleza física, ser más inteligente, más carismático, de mejor posición social o económica, ya genera el rechazo y el odio, toda vez que no se lo controla. Ese solo hecho atenta y destruye la autoestima o autovaloración del envidioso. Pero lo peor es que el acto de la envidia no solo se consuma en la pérdida de la autoestima sino especialmente en la impotencia para recobrarla por el propio esfuerzo. ¡ESE ES EL GRAN PROBLEMA DE TODO SOCIALISTA!

Socialistas ocultan la envidia

Si uno hace un repaso somero de la literatura universal se va a encontrar con la gran sorpresa de que los comunistas o socialistas se han esmerado e incluso especializado en ocultar y eludir el tema de la envidia. Nunca hablan de ella. ¡Nunca! Lo mismo pasa en la literatura del socialismo científico.

Platón, un protocomunista, no habla por cierto de la envidia en ninguna parte de sus textos tal como lo señala quien seguramente mejor estudió el tema en su libro la “Envidia. Teoría de una sociedad”: Helmutt Schoeck. Refiere que lo llamó “depravación natural o abyección de la naturaleza”, pero se cuidó mucho en considerar sus efectos negativos. Lo cierto es que ni siquiera lo denomino como lo que es.

Toda la literatura sea socialista o no en forma sospechosa o por ignorancia casi nunca desarrollaron el concepto tal como lo es. Siempre buscaron ocultar su verdadero objetivo; el método y la manera de actuar bajo la influencia de la envidia se ha racionalizado siempre como en la fábula de Esopo de la Uva y el Zorro.
Lo mejor que se tiene sin duda es el mito de Procusto, de Prometeo y de otros más de la antigüedad. Lo cierto es que siempre fue ocultada para mostrar otra cosa. Dentro de esta sátira se puede inscribir también el mito de “Catrina”, tal como me hizo notar por whattsapp mi amiga la Lic. Paola Dos Santos. Surgió en México cuando los indígenas para mejorar su situación económica comenzaron a plantar y vender garbanzos en vez de trigo en un acto típico de emulación a los europeos, pues tenían mejor precio ese bien económico, pero los socialistas de ese país como Guadalupe Posada en vez de apoyar la iniciativa ridiculizaron a los indígenas con el San Benito de  “europeizacion” con lo cual supuestamente se moría la cultura indígena, creando una especie de dama de la muerte, Catrina, como símbolo de la muerte de la cultura indígena. Es un rechazo que responde a los patrones típicos de agresión solapada del socialismo. Una pintura del genial Diego Rivera inmortalizó este episodio.

Los comunistas o socialistas fueron los maestros en ese arte. De ahí que solo a ellos les cabe el sayo de ideológicos pues ocultan que el verdadero motor de su acción es la envidia y no otra cosa, pero inventan toda clase de historias explicaciones para justificar sus ideas y creencias. La máscara cubre el verdadero rostro.

No obstante, existen algunos pocos ejemplos en la literatura moderna en los cuales se ha buscado explicar la envidia tal como lo es y sobre todo en sus efectos letales. Herman Melville en su famosa novela “Billy Budd” del siglo XIX fue sin duda quien mejor lo rescató por primera vez historiando la vida de un marinero ejemplar, angelical, trabajador, amable y además bello, que se gana la simpatía de toda la tripulación, incluso del Capitán, pero generó el odio incontrolable del contramaestre que lo persiguió en forma implacable buscando su destrucción. Demás está decir que el desenlace fue mortal bajo la fórmula de Milton que pone en boca de Satanás en “Paraiso Pérdido”: <pálida ira, envidia y desesperación>.

Otros autores del siglo XIX como Eugenio Sué estudió una suerte de sicoterapeutica del envidioso con el fin precisamente de encontrarle una salida a esta pasión tan destructiva.

Ernst von Wildebrunch analizó en forma primigenia la envidia en los niños, tomando como punto de partida del mito de Cain y Abel. Stefan Andres en su novela “La tumba de la envidia”, en la cual se trata ya a la envidia como problema central de la acción. Otro buen material que se puede consultar es la “Envidia. El problema en la sociedad comunista” de Jurij Olescha; en este breve libro el autor demuestra en forma despiadada al envidioso como un miserable fracasado.

La obra que marcó toda una época es la novela utópica de L.P. Hartley “Justicia facial” que describe una sociedad que, en persecución incansable de la igualdad para evitar la envidia, prescribe (el estado o el planificador) la cirugía de las mujeres más bonitas, igualándolas a las feas.

Esta pequeña síntesis no puede terminar sin mencionar de cómo fue tratada la envidia en las Utopías y en el corazón de los poetas más encumbrados. Todos conocemos el significado del Gran Hermano de Orwell en su novela “1984”, en la cual los motores son la igualdad y la envidia. No obstante, la palabra más prohibida y más detestable es la envidia en las obras de este tipo.

En la poesía raramente ha aparecido la envidia como tema central. Como resumen vale señalar lo que escribió Edgar Zilsel cuando se refiere al genial poeta León Bautista Alberti quien textualmente escribió muy joven a acerca de las ventajas y desventajas de las ciencias, compara lleno de envidia, su propia suerte de literato con los economicamente más exitosos, demostrando una actitud que encontraremos con frecuencia. Dice comparando que de 300 literatos solamente 3 podrían tener éxito, mientras que los bribones fácilmente llegarían a la cúspide de la vida. Según Alberti, solo tres clases de intelectuales se enriquecen: los abogados, los jueces y los médicos.

La envidia al desnudo

Fue Sigmund Freud quien en su texto “Psicología del grupo y análisis del ego” quien dejó al desnudo el concepto de la envidia. El creador de la psicoanálisis sostiene que la envidia nace en el seno de la familia cuando un hermano se siente superado por otro en la lucha por el cariño de los padres. A partir de ahí lo que quiere el hermano relegado como no puede ganarse el cariño como su hermano, es buscar la forma que este descienda a su nivel. Es el origen de la envidia. Como no se puede alcanzar y superar a los que marchan por delante, pues hay que hacer valer la igualdad básica que nos une a todos al ser hijos del mismo padre o como hacen los socialistas: ciudadanos del mismo país, a fin de exigir el trato igualitario, tal como explica también M. Grondona en su crítica a una sociedad igualitaria. Por tanto, desde este punto de vista la igualdad y la justicia son la exaltación y proyección de la envidia infantil.

A partir de este punto ya no hay mucho que decir ni explicar acerca de los nefastos efectos que la envidia puede hacer sobre una sociedad cuando se apodera de la misma. Absolutamente destructiva.

Derrotar a la envidia

Cualquier observador imparcial que se interese por sí mismo para buscar la perfección y por la sociedad donde vive para buscar la verdadera justicia, debe observar atentamente donde está parado y sobre todo si en su sociedad predomina la envidia tal como se viene analizando.

Los autores clásicos como Aristóteles y otros sin comprender a cabalidad como hoy qué se entiende por envidia, buscaron sin embargo mediante sus enseñanzas, filosofía y doctrina dominar la envidia pues intuían claramente el tremendo daño que puede ocasionar a la vida de uno y a la sociedad. Una sociedad envidiosa es pobre, se estanca, no va a ningún lado; está llena de conflictos y problemas. En una sociedad envidiosa al rico se lo ve como sospechoso, con “mal de ojo”, y esto llega a tal punto que personas geniales por temor al “que dirán” simplemente buscan pasar desapercibido no haciendo lo que son capaces de hacer. En cambio, una sociedad donde la envidia no predomina en forma destructiva se premia a los triunfadores porque sirven como ejemplos de inspiración, de modelos a seguir y que si no hay obstáculos externos pronto quien está abajo podrá llegar al mismo nivel con su esfuerzo. Ortega y Gasset en “Teoría de Andalucía” llegó a decir que las clases ricas son las más productivas porque muestran el camino a los demás hacia un supuesto nivel al que se debe llegar, de ellos solo puede derivar la riqueza para todos.

En claro contraste los autores e ideólogos del socialismo y del comunismo comenzando por Carlos Marx, exaltaron la envidia, el resentimiento y al odio como elementos fundamentales para lograr supuestamente la igualdad y la justicia universales. Nunca usaron la palabra envidia, pero si lo racionalizaron para justificar teorías que en realidad daba rienda suelta a la envidia y al resentimiento también porque simplemente no quisieron reconocer, por ignorancia o no, que en realidad lo que mueve su ideología no es otra cosa que la envidia. Lo que ocurre con los socialistas es que dieron razón a la envidia y no cualquier razón sino la científica, de ahí la gran fascinación que ejerce sobre mucha gente.

Esto es tan potente que hasta autores más cerca nuestro como uno de los últimos grandes filósofos de la izquierda como John Rawls que si bien en su “Teoría de la Justicia” habla de la envidia como tal lo considera sin embargo como prácticamente sin influencia negativa a la hora del contrato social ya que en el punto de partida se establecerá que la igualdad absoluta reinará entre los miembros de la sociedad a menos que la desigualdad que pueda favorecer a algunos, también debe beneficiar aunque sea en menor medidas a los demás. Así no habrá envidia, sostiene. Esto por supuesto es falso, tal como lo demostró Robert Nozick cuando desde la orilla le respondió en su “Anarquía, Estado y Utopía”, que si fuera ese el postulado no se entiende cómo uno va a firmar un contrato social que de antemano le garantíza que va a ser expoliado en un eventual caso de que aparezca una genialidad suya. La respuesta de Nozick fue contundente: uno no tiene porqué justificar un beneficio honesto en el curso de la vida social, basta el justo título o rectitud en la adquisición del derecho de propiedad. Además, es falso que uno llega con cero a la vida social, ya viene con valores incorporados, anterior a toda adquisición. Robert Nozick con toda su genialidad llegó a decir que Rawls lo que hacía con su teoría era en realidad establecer semillas de envidia futura.

Por último, solo cabe concluir que la sociedad socialista es altamente envidiosa y no puede llegar nunca a disfrutar de la libertad y todas las ventajas y beneficios que pueden traer al ser humano dicho valor. Que solo el liberalismo y el libertarismo desechan a la envidia como elemento nocivo que es, que no conduce a ninguna parte sino solo al estancamiento más brutal que se pueda imaginar o al tiro a la nuca. Que el liberalismo reivindica mediante la libertad la libre competencia y la emulación que son valores positivos y muy diferentes a la envidia y el resentimiento, y que ellos son las bases del progreso de la humanidad, de la justicia, de la paz universal y la armonía.

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Mario R. Centurión

Columnista de Libertad y República

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